viernes, 26 de agosto de 2011

SILK, de "Cine y Arquetipos (Visionados)"


























The Girl (Silk Soundtrack) - Ryuichi Sakamoto

"Cine y Arquetipos (Visionados)"
 Silk, de François Girard sobre la novela de Alessandro Baricco, 2007, sirve eficazmente para ejemplificar el arquetipo del dual masculino-femenino y, a su vez, en un plano sublimador, el de alma-cuerpo o espíritu-materia.
 Su gran logro estructural, amén de la cuidada fotografía, ambientación con pocos elementos y banda sonora plagada de significativos silencios, es cómo la secuencia final (el hombre---Herve Joncour (Michael Pitt)---sólo frente a su jardín con la voz de la mujer---Helena (Keira Knightley)---en off), con una simple pincelada, recarga de sentido todo lo representado hasta ese momento.
 La frase con voz femenina "siempre estuvo delante de ti" resuena de vuelta hacia atrás obligando al espectador a mirar de nuevo en esa dirección, lo que en la vida cotodiana llamamos "rebobinar".
 La 'conciencia femenina' (la mujer ya murió), el 'alma mundi,' da a entender al 'hombre-materia' lo absurdo y vano de su búsqueda externa, de sus luchas y afanes, de sus extraños viajes, de sus fantasmas orientales personificados en la atracción por una mujer del otro lado del mundo, representación a su vez de una cultura tan fascinante como ajena (para los tiempos en que se contextualiza la historia), del sentimiento humano de carencia que le impulsa a descubrir, curiosear, colonizar, poseer, cuando el amor había estado siempre "delante de sus narices": él mismo, su propio jardín. Por otro lado, ese jardín tampoco habría sido posible sin esa experiencia vital.
 Nadie se confunda por la apariencia física de los personajes: es indistinto si ambos extremos, femenino-masculino, se representan como hombre o mujer, son intercambiables. Ocurre que en Seda esta dualidad se ficciona con estas formas, una vez más, indistintas en cuanto que las formas sólo tienen el significado que les atribuyamos en cada momento. En Alien, por ejemplo,esta dualidad se suprime en favor de la teniente Ripley (Sigourney Weaver), que asume ambos roles para enfrentar otro proceso arquetípico del que ya hablamos antes.
 Hay por tanto una manera, muy terapéutica por cierto, de mirar la mentira ficcional, sea cine, poesía, escultura, etc. Como en la interpretación profunda de los sueños, todos los personajes que nuestra conciencia fragmenta en la pantalla (seamos emisor o receptor, otra falsa dualidad) no son sino aspectos de mí mismo sin excluir nada ni a nadie. Así, cuando la composición de personajes se funda básicamente en hombre-mujer, lo que vemos refleja en el preciso momento en que lo vemos qué relación mantienen 'alma' y 'cuerpo', o 'visible-invisible', o 'cielo-tierra', o 'consciente-inconsciente' (la etiqueta o forma es indiferente, sigue siendo una vieja adicción aristotélica) en mí.
 Hay una película, El Truco Final (The Prestige, Christopher Nolan, 2006) que viene al pelo para añadir algo: el 'duelo' (dualidad, ver comentario a The Duellists, Ridley Scott, 1977) se da entre dos hombres, con lo que el proceso de aprendizaje vital o relación alternante 'maestro-discípulo' demuestra la inoperancia de las formas o apariencias. Uno de los personajes, hacia el final y como guiño al espectador no ya de sus trucos de magia sino allende la pantalla, dice: "En realidad, os gusta ser engañados".  
 Christopher Nolan parece consciente de la fragmentación que la mente racional hace de lo que percibe como realidad y de cómo, al darlo por hecho, elije y se identifica emocionalmente con sólo uno de los aspectos descargando o proyectando sus propios pensamientos negativos, los que no desea reconocer en sí mismo, en el extremo sombrío, oscuro, maligno o como quiera haya juzgado.
 Este autoengaño es útil al sistema pues se trata de una suerte de 'confesión íntima' de masas, colectiva (basta oír los aplausos tras una buena catarsis colectiva) y la gente vuelve más 'limpia' a su 'realidad'. El 'cuento' chamánico en la cueva alrededor del fuego cumplía la misma función: ángeles-demonios (título, por cierto, de una reciente paranoia puesta en celuloide).
 Enlazando con Seda, el autoengaño del personaje representa la esquizofrenia humana, la socialmente tolerada: el 'cuerpo' está en un lugar, la 'mente' ni se sabe, como si algo, algún defecto de evolución impidiera el 'aquí y ahora', el disfrute de tu realidad inmediata por una falta de valoración de la misma, por una suerte de sentimiento de carencia inmanente: el ángel caído, la pérdida (del paraíso) o, más terrible, el olvido de la inocencia original.
 La palabra 'acción' no encaja con Seda. A pesar de relatar una sucesión crono-lógica de eventos y 'acciones'---hay guerra, hay amor, hay batalla económica por la subsistencia...ingredientes de una película 'comercial'---, al llegar el sublime final te queda la sensación de que no ha pasado absolutamente nada. Ese es el increíble efecto que produce el sucinto final: todo lo acontecido en una vida es nada frente al amor real, es decir, lo que has tenido toda tu vida delante de tus narices y estaba ahí porque dimanaba de ti mismo pero no supiste ver y gozar, valorando más los fantasmas de la imaginación que lo que podías palpar, oler, sentir como inmediatamente tuyo. Y todo en aras de los fantasmas de otros, de los sueños, ilusiones y sombras de otros: la compañía de la seda, el pueblo, la patria, etc.
 Esta película tiene la seria implicación de otro dualismo clásico: Yo individual-Yo colectivo (Yo-lo Otro, Individuo-estado, yo-todo...elijan la etiqueta)...

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