me actúas roca biselada de mundo dorando mi cuerpo en ocasionales destellos, una vida entre millones diciéndome mar
tu ocasión es pasado causativo, corpus natural de un cerebro estimulado que jamás descansa, brote y cese a un tiempo, el esplendor de un paisaje abrumador. Compone infantiles vocales con las melifluas bandadas de estío llevando un más allá soñador; etiqueta cada movimiento como significativa onda, el amarillo pajizo del calor carente de género, doméstica trascendencia de lo cercano. Marca hitos como anclajes afectivos en cada peña que al amanecer le habla, divide en décadas sus síntesis emotivas renegando de todo coro social
antes de volver bajo otro nombre recopilarás todas las partituras que alimentaron el genio, los escritos supervivientes que no echaron al fuego, los rostros razonables con micras de conocimiento; tu camaleónico espíritu dejará sus ontológicas reyertas con los discípulos de la escuela Samkhya, los de la escuela Yoga, los del Avaita Vedanta y sus científicos descendientes de la mecánica cuántica y la teoría del todo, todos ellos bailando divertida danza en el jardín, todos ellos por el todo bendecidos intercambiando lenguajes, formas como abalorios. Tu animal membresía cambiará de escala en desconocidas frecuencias, anecdótico giro sin historia de la música que no se escucha
falleció una vez más tu distopía en el alma de las rocas, una ola más que se estrella en esa confusión de ego y vida, un fin del mundo que fabricaste. Sigue tu voz sin embargo informando amorosa, ingenua, planetas y leyes, vivos colectivos moleculares probando formas
la historia está marcada por laboriosos ofidios trasladando sus charcas por interés, su estricto sentido de la palabra, un acá rítmico y productor. Pinta facetas al echar un vistazo en las cubetas de la inteligencia usada, del popular concepto, un arte de portadas, de mapas con territoriales ingredientes. Y añade las ondas mortificantes, barato truco
esta cándida depuración diaria formula extrañas asociaciones desde profundas capas mentales, entregas nocturnas de tópicos a dinamitar, los números que no cuadran, las diferencias cantarinas
se articuló mi generación como ocaso de una afinación mayor, clásico encantamiento de la anécdota histórica, caballeroso músico solar llamando al énfasis lumínico, generación de florales coros estilizándose hasta la agonía
principesco entra tu psíquico panorama a cada experimento relacional, y regazo se constituye de probables deificaciones con las consiguientes ventas tal papales bulas. Muestra tu afilada agitación por aparentar beatitud en extrema soledad, el pan que a diario se cuece
por un instante me desprendo del mí mismo despidiéndome de aquel clásico encantamiento, toco a la puerta de cada arbusto, de cada terrón, cada hoja; toco la certeza de vida más allá de su forma sin argumento alguno; se llena el vientre de aire que sembrará la tierra con mis propios detritos para nueva emanación, generosa madre. Y soy ella. Pasaste años debutando en los infiernos hasta la arquetípica agonía, la extrema soledad del condenado, las tallas primitivas de un canibalismo religioso, el paso previo a la luz
late el corazón urbano recogiendo detritos colectivos, una osadía reconductora ladeando el tiempo, convirtiéndose en icono a emparejar con las décadas, en niños extraviados en su algarabía, perfecto modelo de desorientación paulativa hasta su agonía, una separación milimétrica, ominoso divorcio
se ahogan los profetas en su profecía tras saltar la línea entre yo y todo, tras alcanzar el número cabalístico que les justificaba, un estado simple de automerecimiento. Bailan cintas de color bajo las ramas del jardín en su memoria, bailan su música antigua como un rastro de espíritus bienechores, sin argumento, sin clave
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