complican tus nombres el llano reconocimiento de tu especie, reparten mundos sugerentes como ideas completas, tratan diferencias
es la unicidad ausencia constante en el tiempo, irritante arenilla del olvido que enrojece tu estómago. La ocasión te observa mientras, sin coordenadas, se aleja hacia la no pertenencia. Quizás te encuentre en el tiempo con distintos actores. E irá distribuyendo su aprendizaje por un todo que, a su paso, se abre
la consistencia de ese canto va deshaciendo el parloteo, va acelerando el aire con su contenido no verbal, alarga una estación durante siglos, tu habitual escucha traspasa el barro, anida en luz, dejó de buscar. Enseña el horizonte sus vuelos, todo rumbo desvaneciéndose en lontananza, prende en llama única. Han venido las aves de vientre blanco a vaciarte gravedad
¿dónde habita el final? Crío edades del ser entre mis carrizales, migrar las hago entre épocas relacionando especies, un íntimo segundo
de las especies presencio una comunicativa abundancia, tan vulnerable, tan sensible a tu falta de escucha; su declive es mi declive: me apago. Destruye tu ciega acción aquel nido evanescente, una amenaza permanente sobre tu cabeza
en este nivel de existencia me ocupas, este tráfico de sucesos comunes, de asumidas concreciones para tu acrobática rutina
tu grácil y delicada dinámica define especie, cuentan tus colores reflejos antiguos de un azul ascendente
no tiene género el ego evolutivo, juega con parecidos reflectándose entre brillos, alarga, acorta extremos por un impulso biológico
apuntan tus alas hacia lejanos sistemas solares, pequeños óvalos de existencia, incompletas ideas que nombrar
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