viernes, 3 de abril de 2026

Peer Gynt. Edvard Grieg CONFONÍA (2)

vuelven los números musicales con alegre agitación sosteniendo los pétalos del jardín, describen otros pétalos viajeros aventurándome en lejanas tempestades, un vigor que desestructura mis formas con sonada exposición. Y aún así cogen tema, como si en el viento encarnaran con sus repentinos acordes, lluviosos embates. Parece aquel tender una escala ascendente rememorando imágenes olvidadas, y a ella me agarro dejándome mecer en los trémolos bajos, cediendo a la llamada de las trompas, dotándome de atmósferas que acrecientan los colores. Desarrolla el viento el tema suavizando su bravura

evoco amaneceres sin palabras, soles rompiendo entre montañas con incipientes melodías, iniciando su diálogo con el orbe en el crescendo de las cuerdas, difuminándose sereno sobre la tierra y los mares. Se hace la mañana descriptiva pastoral de conocimiento puro, mi anhelo de identificar algún significado

trajo la calma su propia transición dejando oír ligeros anticipos de canción, suavizan contrastes, una redención de excesos, del movimiento compulsivo. Lenta, introduce acordes menores que va tendiendo a lo largo del día con pautadas pinzas, melódicas secciones que suspende en el aire sugiriendo temas, y danzan las cuerdas del tender, toman incluso palabra en el silencio, alguna cálida estrofa escuchándose en el viento con alegre inquietud

hay piezas yacientes como pesos muertos que pugnan por doler, algún compás queriendo desgranar emociones con dramática expresión, algún momento olvidado queriendo tomar un desolador protagonismo, inutil queja, da el movimiento tu sensación de tiempo, al que tratas de dar compás, y te sitúas en una bella perspectiva que te seduce

la danza que vívida percibes domina tu entorno con su exposición de formas rítmicas, su invisible partitura conteniendo todos los pasajes, y tratas de interpretar lo insustituible

quisieras cerrar tu suite vital celebrándola en alguna de tus emotivas grutas sensoriales, o arriba en la montaña narrando a tempo lento con tu más grave instrumento, bajar luego cuidadoso al valle sin más anhelos de misterio, un húmedo y luminoso descenso, un encuentro amoroso sin rehuir el ser con los guardianes de la cueva. Me persigo a veces, me precipito al acelerarme, al aumentar la intensidad de mis sensores en ese dinámico crescendo que llegará a su clímax. No concluye la suite con el regreso, siempre hay fuga

tengo piezas que conformar según momentos, las pongo a danzar sobre la montaña y desaparezco, cosa que a veces lamento. De vuelta, les doy inicio con alguna penosa narración, las emparejo o las abandono allí en la montaña, futuras melodías que quizás alcancen expresión. Los reencuentros suelen venir marcados por algún agresivo acorde al rodar ladera abajo, un tanto percusivo, aún despechado tal vez. Y retomo ese vigor que hace vibrar los pétalos del jardín 

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