viernes, 4 de septiembre de 2026

Monsieur Lazhar. Philippe Falardeau Celuloides, bandas y bits

se agota lo fatídico en la cadena de sucesos y su escuela fónica, solicitan trabajo sus profesores,  comprobamos las deficiencias de nuestro sistema de pensamiento, de sus imperativos categóricos basados en la idea de lo correcto anulando la voluntad individual

me sorprenden ciertas imágenes al seccionarlas con reflexivo oficio, su contemporaneidad sin cuestionar el proceso de transmisión de conocimiento, un respeto integral evitando la contaminación personal

la maestría humilde prima el origen, una suerte de contrato con el sí-mismo, una escolástica constante que va sustituyendo piezas, un aula permanente. Mis escuelas siguen contactando con el niño afectado o no por lo trágico. El entendimiento es un duelo constante por una pérdida primordial 

van mis defectos en su cinta métrica junto a los méritos, emergen inopinadamente de mis olas como indispensables lecciones. El territorio dramático no es obstáculo del movimiento, completan las imágenes lo visto aún si no atrapa la ficción la vida (roba el alma?, se preguntaba Manitú). Tratan las Historias de ser realidad, cada fábula con sus animalitos en el aula, cada tragedia un trocito de comprensión 

el fin justifica los medios o los medios justifican el fin?, a priori, a posteriori con su pedagógico clasicismo, su contraste de métodos mientras vamos corrigiendo percepción, cicatrizando errores de lo individual a lo colectivo y vuelta, paralelos, tangenciales, maestros de entendimiento, la despedida constante tras escindirnos: onda, partícula. E hicimos nuestra puesta en escena desde el plasma, todo un transcurso de eras, ahora de estaciones, del duro y gélido invierno al sol primaveral derritiendo endurecidos corazones, enraizándolos a su tiempo, capa a capa desclavando corazones, resaltando protagonistas para la Historia, restableciendo equilibrios, reparando pirámides a su perfecta geometría, alumnos capaces. Tengo imágenes de honestas despedidas, de la continuidad de los caminos, la morfología de un bellísimo cuento contado de mil maneras, grácil plasma tan maleable como tu mente, tan sensible como tú. Cohabitan llegada y principio: merece la pena, una enseñanza que se repite en aparentes ciclos con sus emocionales catarsis para una paz interna en tu aula interior

requiere tu reeducación de un psicólogo doméstico, te escucha reprimiendo su pedagógica querencia a separar, incluso a separarse de tí mismo reduciendo perspectiva. Te enseñará lo primordial, supuestos indemostrables que luego la razón tratará de impartir mediante lenguajes incapaz de entendimiento. Tomaste esa decisión. Precisas de tu cuerpo, de tu diálogo celular en una conexión verdadera: no hay sustitutos, si acaso entretenimientos. Y vas migrando internamente a medida que relees la existencia, capa tras capa en esas secretas muertes, reflejo tras reflejo reconvertido en su mistérico envoltorio mientras estás en el tiempo. Vas adoptando y adaptando imágenes como forma de terapia, de alivio al menos ante la levedad de ser

estimables imágenes que el yo reinterpreta desde un supuesto protagonismo, emotivas escenas con las que un niño juega en la cadena de sucesos 

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