viernes, 25 de julio de 2014

de El Libro de Elías (Aurelio Márquez)


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 José Arcano vislumbraba también, sobre el cuadriculado de ajedrez, en el matemático movimiento de las piezas, el fin de la magia, la andadura cartografiada sobre un mundo de vapores y máquinas inverosímiles, la incertidumbre en un mundo enve­jecido por el peso de leyes inexorables y hombres que se plegaban a ellas como sacos rellenos de civilización en el sacrificio de la libertad edénica, como piezas prescindibles.
 Tristán le devolvía el aire, y no por lo que eruc­taban o vociferaban con su vientre, cosa que alarmaba al represen­tante de la casa real inglesa, más refinado en sus costumbres. Era un gesto de mutua confianza. Tristán le devolvía el aire, esfuma­ba los malos vapores. Él le aseguraba que llegarían al Cantábrico sanos y salvos, él protegería con su vida al joven Gabi
 Mientras su padre y Tristán disipaban los vapores de la duda, Gabio desentrañaba el enigma de una mujer que andaba los corredores de la posada con la intangibilidad de una mariposa adulta. La primera vez que la vio pensó en una alucinación, unas puertas más allá de su cuarto, perfume de algalia y alhucemas huyendo en el pliegue invertido de una falda plisada que se escurría tras la puerta.
 Otro día, al subir las escaleras, vio delante de sí el cimbreo flotante de una cintura de curvas fragantes y musica­les que despertaron en él corrientes hasta entonces adormecidas y ahora torrenciales haciendo presa en su cabeza. El pliegue de la falda ascendía puntiagudo hacia el centro oscuro y descubría el poder de unos muslos antropofágicos que sólo abdicaban en la prome­sa aún mayor de una felicidad redonda algo más arriba. La mujer portaba en su regazo un cesto lleno de fruta de la pasión, guayaba tierna, tamarillo amargo y corubas de pulpa gelatinosa rebosándolo. En un cimbrear, una manzana verde cayó, una de esas manzanas de trópico ardiente. Gabi la recogió y se la dio en un acto de eternidad mantenido por el cruce de las miradas, de ojos suspendidos en lo sideral por una explosión de lla­maradas extáticas que lo condujeron pávido y trémulo a su cuarto asido a la mano invisible que ella le tendía con su sonrisa.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 La habitación estaba a oscuras y a tientas con el ca­lor, era mediodía, hora de siesta, llegaron a la cama envueltos en el aroma almizclado de su cuerpo abrasador. Él de pie, ella sentada desabrochándole la camisa como quien deshoja pétalos de flor sudorosa que se ofrece a un sol implacable y sabedor de su hechizo vital. Descorrió el velo del pantalón de trabillas, que desalojó de los pies tambaleantes con maternal ternura, y se hundió en los trasiegos de un vórtice de frutas ácidas y licuadas que sumergieron a Gabi en los vaivenes de un jardín crepitante por los fuegos irisados que lo ardían. 
 Se llamaba Tanya. Gabi sólo lo supo después de semanas en el secreto de las siestas, cuando ambos llegaron a conocer el vocabulario mínimo necesario para intercambiar la tris­teza de sus mundos con la lengua del otro. Tanya era iraní, llegada al nuevo mundo de la mano de un padre que huyó la tiranía de la tierra natal para agotar sus expectativas de lucro y bonanza bajo el yugo de nuevas tiranías. La muerte le alcanzó en el intento de regreso y Tanya, fruto inigualable de la arenosa belleza persa, quedó ex­traviada para siempre a expensas de su cuerpo mil y una noches. 
 Ella nunca le cobró. Enseñó al joven de tez lucífuga, bajo el caftán plisado, secretos volcánicos que se derramaban lava en su piel de seda y regresaban a su centro origen por el conducto enardecido de una pasión desatraillada, sin los obstáculos del amor, sin que ningún ser, deidad o no, tasara su intercambio con los impuestos del destino. Pero a medida que el tiempo transcurría y el secre­to se ensanchaba y dilataba, el ruego de sus ojos se iba haciendo cada vez más evidente a la mirada de Gabio. No era dinero, no. En la complaciente beldad de su sonrisa, con la paciencia de un labrador que aguarda cosecha, anidaba la súplica silenciosa de futu­ro, de un porvenir nuevo que la sacase de aquella muerte lenta que agrietaba día a día, erupción a erupción, frío el magma, el cuerpo bello de la que nació para princesa, el material angélico con que se hacían los volcanes. Te llevaré conmigo, le dijo Gabio, y guardó la promesa con­sigo.
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Pic: beyond earthly origins, The Pic-Poem Book

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