jueves, 31 de julio de 2014

de La Isla del Recuerdo Ancestral

 


















22/7/08
 
 Una araña me saluda al despertar. Muerde en el sobaco. Al asomar de la tienda descubro otra en el muslo, a la que invito a botar fuera. Las arañas tejen pacientes su tela y aguardan confiadas el alimento divino. Así Sísifo despierta cada mañana y lleva la roca hasta la cima aguardando tranquilo la salida del sol interior.
 Una madre joven posaba frente a mí, junto a la tipuana, boca abajo en posición de yogui mientras sus dos pequeños, mellizos de melena rubia, jugueteaban calmos sobre la manta extendida junto a su tienda de campaña. Ahora la familia desayuna a la sombra de los primeros rayos en absoluta armonía con el Migjorn que viene del sur pregonando mares.


















 Cada despertar es una purificación de pensamientos desgastados, una huida de los sueños telúricos que la noche trajo buscando elevarte sobre las vibraciones más espesas, terrestres, adheridas a la materia por el peso de los sentidos, de lo que creíste vivir ‘ayer’, ‘anteayer’ y, probablemente, miles de años atrás hasta el bing bang.
 A veces la tarea semeja ardua e imposible, hasta que realmente sintonizas con una onda o pensamiento libre, inarticulado—el anciano idioma solar que aún los celtas conservaron a través de sus druidas—, lumínico. Y comunicas con el todo, te libera: nacen alas para caminar de nuevo un día más dejando atrás el pasado, la equívoca percepción del tiempo, el uso que de ella se hace.
 

















 Santa Galdana es un enclave turístico alrededor de otra preciosa cala, al Sur de Ferreries. Aprovechamos para almorzar—baguette de queso y bacon con una tapa de pimientos de piquillo y bacalao—. Habíamos descendido del Mirador del Río y teníamos hambre. Es un lujo alimentarse cuando el cuerpo lo pide sin mirar relojes ni horarios establecidos.
 Dos puentes cruzan el agua que viene por el barranco de Cala Galdana desde el interior y dan acceso a una elevada pared rocosa que esconde la playa verde y blanca. Sobre el acantilado, algunos privilegiados tienen allí su residencia.


















 Cala Galdana es un santuario para el buceo. Sin tubo, sin aletas, sólo con unas gafitas de nado, a pulmón henchido de tanto misterio y belleza, descubres rincones impensables, movimientos de filigrana, músicas de cámara: cuevas en las que te adentras para dar con una gruta que comunica con otra cueva donde el agua reverbera con la roca en una sala de audiciones de acústica irrepetible. Un cuervo de mar, posado en un saliente del agua, bajo la pared blanquecina del acantilado, me permite acercarme a un metro de él y permanecer ambos en silencio, yo en el agua, él en la roca. A nuestro mutuo respeto me obsequia con un chorro excrementicio de largo alcance. El fondo permuta el blanco terroso con el verde vegetal y con matices rosáceos en las rocas bajo el agua de las cuevas.

 Sopla Tramontana, del Norte, fresco. El Migjorn viene del sur. Los gorriones se han desayunado todas las migas de pan que Lady D les puso ayer bajo la ullastra, la que tan bien nos sirvió de tendedero. Hemos comprado cuerda de tender y nuestra ropa, como un tabique multicolor con entrada y salida de aire delimita de ullastra a pino nuestra parcela, lado Este, protegiéndonos a su vez de la bombilla que nuestros jóvenes vecinos catalanes encienden al anochecer. Era agradable ver jugar ayer tarde a las dos parejas a la petanca.

 Una ducha caliente para disolver Cala Galdana de nuestros cuerpos y, arregladitos, ir a visitar el Mercadet d’En Porter, con la intención de marchar luego a la Cova d’En Xoroi, hasta no hace mucho ocupada, junto con la necrópolis prehistórica de Cales Coves, también en la zona, por comunidades bohemias.
 Xoroi, un musulmán que aquí se refugió tras la expulsión reconquistadora sin que cristiano alguno, durante años, supiese de su existencia. Hurtaba alimentos a los vecinos d’En Porter sin que nadie se enterase de quién ni dónde se amagaba el ladrón. Llegó a raptar a una vecinita cristiana con la que tuvo descendencia y crió en la misma cueva. Sólo tras una fuerte nevada invernal y salir a buscar desesperado alimento para su familia pudieron los vecinos seguir las huellas en la nieve hasta su guarida. Cuenta la leyenda que prefirió despeñarse a ser apresado por los cristianos.























 Como en los diseños de portada de Roger Dean para Yes o en las descripciones fantásticas de las mitologías de origen nórdico y germánico, bajas por unas escaleras al borde del acantilado y aparece ante ti, unos metros más abajo, un saliente de la peña colgado en el aire e iluminado por una delgada serpiente de neón verde claro a juego con las aguas que en el fondo, descubiertas en la noche por los halógenos, gimen contra la roca. Andas escalones abajo hasta allí y, siguiendo con la mirada los moldes esculpidos por el tiempo, hacia arriba, surgen uno, dos y hasta tres balcones líticos encendidos en la oscuridad como bocas hendidas en el acantilado donde la gente contempla las estrellas, el mar y la silueta de la isla hacia el Noroeste. Quizás aquellas luces que se ven a lo lejos sean las de algún poblado mallorquín.























 Recorres una gruta de piedra viva, el suelo enlosado de un marrón terroso en armonía con el lugar, la delicada serpiente de neón adherida a las paredes resultando en una luz tenue, una suerte de vapor verdífugo para descubrir rincones circulares donde la gente, como Neandertal antiguo, se recoge en silencio. La música ambience da el ritmo de un palpitar nocturno, hipnótico.


















 La tercera terraza es un mirador estelar. Sentados al borde del precipicio, las constelaciones reposan sobre tu cabeza como una corona de diminutos diamantes mientras de abajo llega el rumor del mar. Te imaginas desnudo en la noche con el resto de una comunidad neolítica adorando en reverente silencio a los dioses del cielo. Ves fulgir la montaña viva con una energía que cubre la pared. Y sientes cómo esa energía te penetra y te revive: Es Tú.
 Dentro hay una pista de baile chica. La gente más joven danza allí a la madrugada los ritmos ancestrales. A estas horas recorren la Cova d’En Xoroi grupos familiares y se oye el alborozo de los niños celebrando el lugar.
















 Ascendemos de nuevo asiéndonos a la ullastra que adorna todo el santuario y hace de baranda al mar.

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