has ido talando mis obligaciones en esta sequía de la escasez, comercias con mi especie en la constante amenaza
el árbol se dragoniza en la ira, una larga historia de uso desvaneciéndose en el tiempo cosmológico; en tu furia desbocada se reconoce, en la sangre derramada. Las yemas de tus dedos viven entre los restos del bosque destrozado, en tus vecinas las montañas, dedos de granito y caliza piedra
me tomáis la medida, queridos animales, mitigáis mi soledad en el cambio, climatizáis mis ucrónicas ansiedades con pacíficos futuros, el árbol antiguo de dorado fruto al fondo del jardín: no existía la sangre, innumerables especies desfilando en el tiempo como línea
es mi hoja perenne el conocimiento, la antigüedad futura, la apariencia inusual de savia roja
eres dragón y San Jorge a un tiempo, Miguel y sierpe en conflicto permanente, razón y abrumador infinito mordiéndose la cola, libando la sangre que tú mismo derramas. Se te abrió el tronco entre raíz y copa, se te alargan las ramas por el filamento cósmico, neuronal, y maduran tus frutos con el amor del gélido invierno, del tórrido estío, se hace la dicotomía sinsentido cuántico, vorticiales números tratando de capturar sentido, reducir a razón, a patrón significativo. Se bifurcan de nuevo escurridizos, racimos triangulares para un círculo, rígido, flexible, se estira el tiempo, desaparece. Son mis hojas flor quizás, blanca, verde, cambiante baya anaranjándose, una resina pegajosa rezumando en mi cerebro
puedo esperar tu pérdida, un hábitat de inmenso potencial, la expansión de ese santuario sin forma donde no es interferida tu naturaleza, una luz protegida de ti mismo donde refugiarte tras tu hecatombe, donde salvar toda relación
desclimatiza la ucrónica ansiedad mi entorno, problematiza el cambio, reseca toda abundancia con la escasez de la que parte, se reubica el monzón allá donde toda previsión desaparece, la promesa de una absoluta despreocupación
me traías violentas nubes de pírrica llovizna, aquellas lacrimógenas neblinas que, apenas humedecían mis hojas, marchaban. Dormía el dragón en paz entre las raíces bajo el dosel de flores: extrañaba nada, ni siquiera su propia sombra sabedor de su edad antigua
y se hará el peso del pesar bendición liviana, futura especie quizás, forma incierta, una población de árboles jóvenes y desconocidos a tu imagen y semejanza
has sido siglos como alimento de pequeñeces y grandezas, efectos para causas, de excesos de tu resina roja llevándose tus nombres, tradiciones variando hasta vaciarse de significado, doliente nervio, una antigüedad remozada, tinte de tu sangre derramada para el barniz más sublime
multiplicas usos de cada forma, será cada asteroide una industria, un cáncer imparable que curar, un fragmento más que acoplar al vasto puzle del gran árbol
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