das a tu obra el arte de los títulos, la descripción que cacofónico te renombra, provocadora frecuencia con la que sueles confundirte, incluso fundirte. No hay canon. Sueñas inevitablemente cautivo entre irreales sugerencias, esa pantalla de sensorial opio que adornas en la medida de tus fuerzas. Y ya no ingieres el láudano de la tierra. Respiras
tu vida es mistérico arte, permanente nacimiento fluctuando entre las olas de los años, un estar oscilante entre la duda y la certeza, es un padre poético al que desconoces, madre que da a su hijo toda bacteria, toda especie, todos los géneros. Mueve su arte entre las hadas entrelazadas por la inaccesible vibración, cuentos de incalculable edad como gnósticos fantasmas de la materia que ya no está. Duendes, daimones, gnomos, ogros, elfos construyendo escenarios para ti, susurrando a tus animales de compañía, la época que visitar, el mito que recomponer, el retrato que nunca acabarás. Te enseña en ninguna parte a tus maestros
creaste un Hades a tu medida, un Olimpo barriobajero con la notable fantasía de tu animal pureza, todos los dramas en la corteza del árbol, un alcornoque inmortal
tu enfermiza originalidad escenifica ese cuento soñado de literaria manufactura, esa obra de falaces recuerdos adormeciendo tu realidad, las puertas de un surrealismo por donde entran las mareas y salen. Drogas cada partícula soñándote cautivo de la oscuridad que te alimenta; sospechas su luz tras el opiáceo mar, la más amorosa sonrisa
eres tu propio opiáceo doméstico, tu familiar raigambre vegetal trepando tiempos, vida pintada de pequeñas estupefacciones desde un genio atemporal: no cambia en su oferta de infinito, su generosa capacidad de crear cualquier realidad desde el aquí. Importas pensamientos de lejanas galerías espaciotemporales que expones en tu propia piel, sustanciales acuarelas donde entrelazar partículas que dibujas como hadas, amables elfos, terribles ogros de profundo bosque, remoto pasado, ese reino de inagotable maravilla
me llevas, vida, en perpetuo contacto con tu arte sin título, este casamiento entre elección y posibilidad, mi hogar. Hay acaso algún imbécil que cree saber algo para arrastrar en su ceguera a la pobre gente hasta su propia carencia, su propio dolor incurable, su insignificante pequeñez, su diminuta singularidad en el todo? Sí, con sus entusiastas acólitos, aterrorizados, como repetidores de señal en ambos lados de la moneda que lanzamos. Y lo titula. Un nombre. Una forma que transita. Me desposé con millones de hambrientas bacterias buscando soluciones a su vida, con su voz lanzando ondas en oscuras aguas, afianzando su espacio, su gen enseñado, mi hogar, mi primordial elección, salvaje impulso que en fugaz acuarela pintas, dos fantásticos caballeros sin género combatiendo la muerte. "Con quién caminé por el valle?", se oyó decir a alguien. "Contigo mismo y tus infinitos aspectos, de los que hiciste selección para tu aprendizaje", te contestabas. Animaloides nos imitamos en ese hambre primordial. Placer, dolor, la moneda que gira en el desarrollo de tus talentos: conocer. Y entregar. Inaccesible lógica de un mar imprevisible que solo al mirar nos da su azul. Ahora su terroso verde, aquí su alegre desenfado, corazón. Me vuelvo a anticipar, mordaz deseo, testarudo aparato evolutivo. Se llena un óleo de talentos nuevos
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